Tres buceadores localizan los espectrales restos de un sumergible hundido en Estaca de Bares durante la II Guerra Mundial.

Los marineros saben del fondo del mar mucho más de lo que cuentan. Conocen como nadie las coordenadas exactas de los pecios y guardan celosamente los datos registrados. A veces para evitar que se les enganche y desgarre el aparejo en un casco hundido. Otras, para aprovechar en solitario los mejores bancos de peces, que tienden a buscar refugio en los buques que fueron a pique. Son descubrimientos que no revelan fácilmente, y los exploradores de la historia naval que duerme sumergida en el mar tienen que ganarse su confianza durante años, hacerse merecedores de esta suerte de mapa del tesoro. En ocasiones los que más secretos desvelan son los furtivos, a cambio de que se guarde silencio sobre su actividad. Pero en otras, solo hay que encontrar una señal en tierra firme y saber interpretarla: “Un marinero de Cedeira (A Coruña) tiene una chapa larga de aluminio cubriendo el gallinero de su casa”, cuenta Anxo González Roca, vicepresidente del Centro de Actividades Subacuáticas de Viveiro (Lugo). “Es parte del fuselaje de un avión de guerra; creemos que de uno de los del ejército aliado” que se enfrentaron el 10 de noviembre de 1943 al submarino nazi U966 Gut Holz frente a Estaca de Bares.

Él y otros dos compañeros de aventuras, Eduardo Losada, de Mergullo Viveiro, y Yago Abilleira, historiador naval, acaban de localizar los espectrales despojos de esta nave sumergible para 50 tripulantes que había sido botada solo ocho meses antes en los astilleros Blohm & Voss de Hamburgo y se hundió a menos de 500 metros de Punta Maeda, en su segundo choque contra el enemigo, frente a la costa gallega. En aquella batalla de casi dos días que Yago Abilleira define más bien como “escaramuza”, intervino una decena de aviones, la mayoría liberators británicos y estadounidenses. Y además de irse a pique el submarino, fue derribado por fuego aéreo un Sunderland de la Royal Air Force. El avión se partió en dos, y la sección de cola fue flotando hacia la ría de Ortigueira.
Después de casi una década de pesquisas en tierra e inmersiones fallidas, gracias a un testimonio certero el trío de hombres rana ha topado todo lo que quedó del submarino alemán después de ser herido de muerte por una tormenta de cargas aéreas, y de ser volado por los propios nazis para mantener en secreto su tecnología frente al enemigo (además de desguazado por una empresa unos cuantos años más tarde). Pero también gracias a otro testigo diferente (ese marinero que pescó en sus redes la chapa metálica que abriga el corral), los buzos saben dónde se halla, supuestamente, el resto del avión de guerra. “Tenemos el punto”, anuncia esperanzado Anxo González. Si se confirmase la ubicación, este equipo de amigos que dedica su tiempo libre a explorar la costa completaría el exhaustivo relato que han hecho investigadores como Juan Carlos Salgado y José Antonio Tojo de aquel choque bélico que conmocionó a varios pueblos de A Coruña y Lugo.

Entre soldados alemanes del navío sumergible y británicos del Sunderland Mk III, aquella jornada negra murieron 14 combatientes muy jóvenes. Los cuerpos recuperados de uno y otro bando fueron enterrados a la vez, el día 12, en el camposanto de Mogor (O Barqueiro, Mañón), y luego trasladados respectivamente al Deutscher Soldaten Friedhof en Cuacos de Yuste (Cáceres) y al British Cemetery de Loiu (Bizkaia). La Guardia Civil movilizó varios pesqueros de la zona para rescatar a los supervivientes con un tiempo endiablado y, salvo tres heridos, la mayoría de los marinos del ejército nazi fueron trasladados a un hotel llamado Venecia en Viveiro (Lugo). Ekkehard Wolf, el comandante de 25 años a los que su tripulación apodaba “el viejo”, acabó ordenando la voladura con la bandera izada de su flamante submarino, y tiempo después fue dado oficialmente por muerto y repatriado desde Madrid con identidad falsa en un vuelo comercial.
Todo lo aprovechable del submarino Gut Holz (“Buena Madera”) acabó llevándoselo una empresa de desguaces, pero en el fondo, desperdigado entre los 14 y los 26 metros de profundidad, pervivieron vestigios inequívocos de aquella arma de combate nazi. La situación exacta fue cayendo en el olvido con el tiempo: todo el mundo presumía de conocer su ubicación, pero nadie localizaba el yacimiento. En su enésimo intento, Losada, Abilleira y González permanecieron más de dos horas bajo el agua y tardaron un buen rato en encontrar lo que buscaban. Hallaron un pesquero hundido hace un par de décadas y luego, casi al final de su inmersión, los restos cadavéricos del U966, colonizados en son de paz por algas, moluscos y peces. Pudieron hacer fotos y vídeo de enormes fragmentos de la rejilla metálica que servía de pasarela “para que la tripulación no resbalase”, de grifos y válvulas fantasmagóricas, y de una gran cantidad de cable forrado con plomo. Al salir a flote, “dimos parte a la Armada” española, relata Anxo González.

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