El relato de la Primera Vuelta al Mundo: La historia más grande jamás contada

Antonio Pigafetta, uno de los hombres que completó la
circunnavegación, escribió de primera mano durante el viaje la expedición completa de Magallanes – Elcano.

La más importante y extensa crónica de cuantas se conocen sobre la primera vuelta al mundo no es otra que la de Antonio Pigafetta, gentilhombre vicentino y caballero de la Orden de Rodas, que dedica a Philippe de Villers de l ́Isle-Adam (1464?-1534), embajador en Francia y Gran Maestre de la Orden. Pigafetta, que había formado parte de la expedición que dará la primera vuelta al mundo, escribe, de primera mano, un relato asombroso y con un magnífico grado de detalle, los avatares y sucesos acontecidos durante tan magna hazaña.

«Como hay personas cuya curiosidad no se vería satisfecha oyendo simplemente contar las cosas maravillosas que he visto y los trabajos que he sufrido durante la larga y peligrosa expedición que voy a describir, sino que querrian saber tambien como logré superarlos, no pudiendo prestar fe al éxito de una empresa semejante, si desconociesen los menores detalles, he creído que debía dar cuenta en pocas palabras de lo que originó mi viaje y los medios por los que he sido bastante dichoso para realizarlo».

De este modo comienza Pigafetta su relato, dejando bien claro desde el inicio las tensiones y enfrentamientos que existieron entre los capitanes de los distintos navíos y el propio Magallanes «por la única razón de que ellos eran españoles y Magallanes era portugués».

Salen del puerto de Sevilla el 10 de agosto de 1519 con 237 hombres hasta alcanzar Sanlúcar de Barrameda, donde la tripulación «todas las mañanas saltaba a tierra para oír misa en la iglesia de Nuestra Señora de Barrameda». El día 20 de septiembre parten de Sanlúcar con destino a Tenerife hasta que alcanzan las islas de Cabo Verde, donde avistan y pescan algunos tiburones y pájaros de numerosas especies. Llegados al norte de Recife, Brasil, se aprovisionan de caña de azúcar y carne de anta -especie de cerdo de grandes  dimensiones-, llegando a intercambiar, como dato curioso, la figura de un naipe del rey de oros por seis gallinas. El día 13 de diciembre de 1519 alcanzan Río de Janeiro y Pigafetta realiza la primera descripción de los indígenas brasileños:

«… no adoran nada. El instinto natural es su única ley. Viven muchísimo tiempo…hasta los ciento veinticinco años y algunas veces, hasta los ciento cuarenta…van desnudos, lo mismo las mujeres que los hombres…comen algunas veces carne humana, pero solamente la de sus enemigos… se tiñen el cuerpo y, sobre todo, la cara…tienen los cabellos cortos y lanudos y no tienen pelo sobre ninguna parte del cuerpo porque se depilan… casi todos los hombres tienen el labio inferior horadado con tres agujeros pero ni las mujeres ni los niños llevan este incómodo adorno…».

Incluso Pigafetta recoge algunas palabras del vocabulario de los habitantes del Verzín, diccionarios que consolidarán a medida que vaya entrando en contacto con otras poblaciones indígenas durante el viaje.

Tras atravesar el Río de la Plata, navegan cerca de las costas de la Antártida, donde avistan pingüinos, lobos marinos y focas. El 31 de marzo de 1520 llegan al Puerto de San Julián, donde establecen sus primeros contactos con los patagones, a quienes describe como gigantes «de hermosa talla, cara ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecen blanqueados por algún polvo». Visten mantos y abarcas hechos con pieles de llama o vicuña y emplean arcos cuyas cuerdas se realizan con los intestinos de estos animales. Uno de estos indígenas pasa varios días conviviendo con los expedicionarios e incluso llegan a bautizarlo con el nombre de Juan. Dos de ellos son capturados para ser llevados a España y mostrados al rey Carlos I, aunque nunca llegarían a la península (uno de ellos fallece durante el paso del estrecho de Magallanes y el otro muere de escorbuto durante la travesía del Pacífico).
En San Julián, donde permanecerán unos cinco meses, se urde un complot para asesinar a Magallanes, comandado por Juan de Cartagena, Luis de Mendoza, Antonio Coca y Gaspar de Quesada. Tras ser sofocado este intento de sublevación, Magallanes manda ajusticiar a Quesada mientras Luis de Mendoza muere apuñalado y Cartagena es abandonado en San Julián. Será también aquí donde sucede otro hecho trágico, la pérdida del navío Santiago, «naufragado entre los escollos y cuya tripulación se salvó de milagro».

Durante los meses de octubre y noviembre de 1520 la expedición atraviesa el estrecho bautizado por ellos como de los Patagones, llamado desde 1525 de Magallanes. Allí el San Antonio, pilotado por Esteban Gomes, se da a la fuga para emprender regreso a España, a
donde llegará el 6 de mayo de 1521. Gomes será arrestado y, posteriormente, puesto en libertad al regreso de la expedición, en septiembre de 1522.
Pero sin duda, uno de los momentos más complicados del viaje fue la travesía del Pacífico por el que navegaron tres meses y veinte días «sin probar ningún alimento fresco». Para sobrevivir tuvieron que alimentarse del serrín de la madera, de trozos de cuero que mojaban en el mar para ablandarlo y de ratas, “un manjar tan caro que se pagaba cada una a medio ducado”. Murieron de escorbuto diecinueve marineros y treinta de ellos cayeron enfermos.

Oro, perlas, jengibre y porcelana. Tras pasar cerca del Japón, donde no se detienen, llegan el 6 de marzo de 1521 a las islas Marianas, donde realizan intercambios de productos con los isleños, especialmente de nueces de coco, vino extraído de las palmeras, canela o nuez moscada. Posteriormente arriban a las Filipinas, donde entablan amistad con el rey y la reina de Cebú, a quienes bautizan y quienes juran fidelidad al rey de España.
Por su parte, Mactán, pequeña isla del archipiélago filipino, será recordada por la historiografía por ser el lugar de la muerte de Magallanes. El conflicto se produjo como consecuencia de la negativa del jefe Cilapulapu para reconocer al rey de España como soberano de aquella isla. Así, Magallanes, que tenía como aliado a Zula (otro de los jefes indígenas del lugar) subestima el poder militar indígena y envía a la batalla contra Cilapulapu únicamente a 49 hombres frente a los 1.500 isleños que Pigafetta señala. El combate dura una hora aproximadamente y Magallanes, tras ser herido primero en el brazo derecho, recibe un sablazo en su pierna «que le hizo caer de cara», mientras un grupo de indígenas se abalanzaban sobre él para darle muerte. «A nuestro capitán debimos la salvación porque, en cuanto murió, todos los isleños corrieron al sitio donde había caído» indica en su crónica Pigafetta. De este modo las tropas españolas abandonan la batalla dejando en Mactán el cadáver de Magallanes. Era el 21 de abril de 1521. Tras la muerte del capitán se eligen dos nuevos nombres para albergar el mando:
Duarte Barbosa, cuñado de Magallanes, y Juan Serrano (que sería abandonado en la isla de Cebú al ser capturado cuando los españoles son traicionados por su anterior aliado, Zula).
Tras ser elegido como capitán Elcano, continúan rumbo hacia las Molucas, pasando antes por el archipiélago filipino y deteniéndose en Borneo, donde visitan el palacio real y quedan asombrados por las enormes riquezas de aquellas tierras: oro, perlas, alcanfor, jengibre e incluso porcelana «que hacen con una tierra muy blanca que se deja en el suelo durante medio siglo para refinarla, por lo que tienen un proverbio que dice que el padre la entierra para el hijo».
El 7 de noviembre de 1521 divisan las Molucas, arribando al día siguiente a la isla de Tidore. Allí visitan al rey Almanzor, a quien señala Pigafetta como gran astrólogo, y les informan del fallecimiento de Francisco Serrano, gran amigo de Magallanes que se había quedado en aquella isla tras la primera expedición portuguesa y por quien el propio Magallanes conoce la existencia de esos lugares.

«En camisa y descalzos, con un cirio en la mano»

El 21 de diciembre de 1521 parten de las Molucas evitando la ruta del Índico por temor a ser localizados por los portugueses, acompañados de dos pilotos indígenas, buenos conocedores de aquellas rutas. El 11 de febrero de 1522 parten de Timor para doblar el Cabo de Buena Esperanza, ya en el mes de abril. Algunos miembros de la tripulación desean tomar tierra en Mozambique, agotados y hambrientos como estaban. Sin embargo, al encontrarse allí un establecimiento portugués y «esclavos más del honor que de la propia vida», deciden continuar hacia España.
Hasta la llegada a Cabo Verde, que se produciría el 9 de julio de 1522, navegaron dos meses sin descanso, falleciendo en ese tiempo veintiún hombres. Sin apenas fuerzas, anclan en la isla Santiago, enviando a tierra una chalupa en busca de víveres. Al estar en tierras portuguesas, hubieron de decir que venían de la costa americana en lugar del Cabo de Buena Esperanza. En la versión de Pigafetta, los portugueses descubren el engaño al contar la aventura uno de los marineros de la expedición. Otras fuentes señalan que el descubrimiento se produjo al pagar los españoles algunos víveres en especias, únicamente procedentes de aquellos lejanos territorios portugueses.
El 6 de septiembre de 1522 llegan a la bahía de Sanlúcar de Barrameda únicamente dieciocho hombres de los sesenta que habían alcanzado las Molucas. Dos días después echan anclas en el puerto de Sevilla y «en camisa y descalzos, con un cirio en la mano, fuimos a la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y a la de Santa María de la Antigua como lo habíamos prometido en los momentos de angustia». Según los cálculos de Pigafetta, recorrieron «más de catorce mil cuatrocientas sesenta leguas, dando la vuelta completa al mundo, navegando siempre de levante a poniente».

Fuente: La Voz de Cadiz
News Reporter

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